Este sábado fui al concierto de Hakuna en Madrid. La verdad es que no me apetecía demasiado. Tenía cientos de excusas para no ir, pero al final pasó eso que dice el Evangelio: a veces somos salvados por los amigos. Y los míos decidieron que aquel sábado tocaba concierto.
Fue una noche bonita, divertida, de esas que se disfrutan sin demasiadas explicaciones. Cantamos, nos reímos, saltamos… Pero, curiosamente, lo que más vueltas me ha dado en la cabeza desde entonces ocurrió antes de que empezara la primera canción.
Todo comenzó con una cuenta atrás. Como en tantos conciertos: diez, nueve, ocho, siete…
Hasta que apareció un dinosaurio. Sí, un dinosaurio. Bueno, una botarga de dinosaurio que comenzó a acompañar la cuenta atrás. El problema es que, antes de llegar al cinco, decidió dejar de contar correctamente. Empezó a gritar números aleatorios hasta que, de repente, soltó:
“¡Bingo!”.

Y la cuenta atrás se rompió. Entonces comenzó una reflexión que llevo desde el sábado rumiando: quizá nos pasamos demasiada vida haciendo exactamente eso, viviendo en una cuenta atrás.
Siempre esperando que empiece la vida
Esperamos terminar los estudios para empezar a vivir. Esperamos acabar los exámenes para ser libres. Esperamos encontrar trabajo, tener dinero, independizarnos, enamorarnos, casarnos, tener hijos o que los hijos crezcan.
Esperamos al viernes para disfrutar. Las vacaciones para descansar. El verano cuando hace frío y el invierno cuando estamos asados de calor. Y también nos pasa con Dios.
Esperamos tenerlo todo claro para entregarnos. Esperamos una señal definitiva. Una certeza incontestable. Una aparición, casi. Algo que nos asegure que merece la pena tirarnos a la piscina.
Esperamos que llegue “eso” que, suponemos, hará que nuestra vida empiece de verdad. Y mientras esperamos, la vida está sucediendo.
Quizá por eso me gustó tanto una de las ideas de aquella reflexión: ¿y si dejamos de esperar a que llegue aquello y aprendemos a disfrutar también de todo lo previo?
La cerveza con los amigos antes del concierto. Los nervios antes de un viaje. Preparar una boda. Entrenar durante meses para una carrera. Una conversación inesperada. Cantar fatal en el coche camino de la playa. Una sobremesa que se alarga. Una puesta de sol que no arregla ninguno de tus problemas, pero consigue que durante cinco minutos todo parezca estar en su sitio.
¿Cuántas cosas tratamos como simples trámites cuando, en realidad, son privilegios?
La gran previa
Desde el sábado pienso que quizá la vida entera es una gran previa.
Y para un cristiano esto tiene todavía más sentido. Creemos que caminamos hacia algo. Que nuestra historia no termina aquí. Que estamos hechos para una Vida con mayúscula, para la vida eterna, para ese encuentro definitivo con Dios en el que ya no habrá despedidas ni cuentas atrás.
Estamos viviendo la previa de la vida sin ocaso. Pero aquí está la paradoja: saber que lo mejor está por llegar no debería llevarnos a despreciar lo que ya está ocurriendo. Todo lo contrario.
Si esta vida es la previa de la eternidad, habrá que vivir una buena previa.
Habrá que querer mucho. Reír mucho. Perdonar mucho. Abrazar. Arriesgar. Equivocarnos y volver a intentarlo. Sentarnos a la mesa. Perder tiempo con quienes queremos. Dejar que Dios nos sorprenda en lo cotidiano. Bailar cuando toque bailar y llorar cuando toque llorar.
Porque la esperanza cristiana no consiste en aguantar esta vida esperando que llegue la siguiente. Consiste en descubrir que la eternidad ya ha comenzado a colarse en esta vida.
Cada vez que amamos de verdad, cada vez que alguien nos salva del encierro en nosotros mismos, cada vez que compartimos la vida, cada vez que dejamos espacio a Dios, algo de aquello que esperamos ya está sucediendo.
Quizá el problema es que vivimos contando: diez, nueve, ocho, siete… esperando que llegue el gran momento.
Esperando que empiece la canción. Y resulta que ya está sonando.
Así que quizá necesitamos que, de vez en cuando, aparezca un dinosaurio absurdo, rompa nuestra cuenta atrás y grite “¡Bingo!” para recordarnos algo bastante serio: La vida no empieza después. La vida está pasando ahora.
Y sí, esperamos la Vida Eterna. Esperamos el encuentro definitivo. Esperamos la vida sin ocaso.
Pero mientras llega, disfrutemos de la previa.
Bailemos. Cantemos. Amemos. Recemos. Riamos. Dejémonos salvar por nuestros amigos. Dejémonos encontrar por Dios. Y dejémonos de historias.
Porque solo tenemos dos opciones: esperar a morir o disfrutar viviendo.

