Cerramos «Agosto con A de Agustín» con La Ciudad de Dios, la obra en la que el santo respondió a la caída de Roma y explicó las dos ciudades.
Corría el año 410 cuando Roma, la ciudad que se creía eterna, fue saqueada por los godos de Alarico. El impacto fue tal que muchos paganos señalaron un culpable: el cristianismo. Al abandonar a los antiguos dioses, decían, el Imperio había perdido su protección. Agustín, obispo de Hipona, no dejó pasar la acusación. Entre el 412 y el 426 escribió una respuesta que se convertiría en una de las obras más influyentes de la historia de Occidente: La Ciudad de Dios (De Civitate Dei).
No es un libro breve ni ligero: son veintidós libros que combinan teología, filosofía, historia y política. Pero su corazón puede resumirse en una intuición que sigue interpelando 1600 años después.
Una respuesta en dos tiempos
Agustín organiza la obra en dos grandes bloques. En los primeros diez libros refuta la idea de que los dioses paganos fueran necesarios, tanto para la prosperidad terrena como para la vida eterna. Roma no cayó por culpa de los cristianos, argumenta, sino porque ninguna ciudad humana está a salvo de la fragilidad que le es propia.
En los doce libros siguientes despliega el verdadero proyecto de la obra: contar el origen, el desarrollo histórico y el destino final de dos ciudades que, desde el principio del mundo, conviven mezcladas entre sí.
Dos ciudades, dos amores
La clave de toda la obra está en una frase que Agustín deja casi al final: existen dos ciudades formadas por dos amores. La ciudad terrena nace del amor a sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios. La Ciudad de Dios nace del amor a Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo (civ. Dei ciu. 14.28).
No se trata de dos lugares geográficos, ni de dos organizaciones enfrentadas —Agustín es claro en que ambas ciudades están entremezcladas en toda sociedad humana, en toda época, incluso dentro de cada persona—. Se trata de dos direcciones posibles del corazón: vivir orientado hacia uno mismo, o vivir orientado hacia Dios y, desde ahí, hacia los demás.
¿Qué significa entonces ser «ciudadano»?
Aquí Agustín da un giro que resultaba extraño para su época. Para el mundo antiguo, ser ciudadano era pertenecer a un orden político concreto: la polis griega, la Roma imperial. Agustín universaliza la idea: se pertenece a la Ciudad de Dios no por el lugar donde se nace, sino por hacia dónde se dirige la voluntad.
Esto no lo convierte en un pensador que desprecia la política, aunque a veces se lo haya presentado así. Agustín reconoce el valor del orden público, defiende que los cristianos deben cumplir sus deberes cívicos, obedecer leyes justas y servir al bien común; incluso desarrolla ahí las bases de lo que después sería la teoría de la guerra justa. Su punto no es huir del mundo, sino habitarlo como peregrino: comprometido con la ciudad terrena, sin confundir en ella su verdadera patria.
Una obra que no ha dejado de hablarnos
La Ciudad de Dios marcó la teología política durante toda la Edad Media, y su sombra llega hasta los debates modernos sobre la relación entre religión, poder y sociedad. Pero antes que un tratado de política, es una invitación personal: preguntarnos en qué depositamos nuestro amor, porque —según Agustín— ahí se decide, en el fondo, a qué ciudad pertenecemos.
Este agosto, al celebrar la fiesta de San Agustín, es una buena ocasión para volver a esa pregunta que él mismo se hizo antes de escribirla: no cuánto poseemos o dónde vivimos, sino hacia dónde camina el corazón.


