De gritar al Papa Francisco en Panamá a caminar con la Iglesia

Daniella Le Blanc es joven JAR, panameña y acaba de cumplir uno de los grandes sueños de su vida: convertirse en médico. Su historia pasa por una profesora de Religión, muchas horas de estudio y oración, una JMJ inolvidable, un encuentro con el Papa Francisco y una comunidad que le enseñó que la fe puede ser alegre, divertida y compartida.

Hay momentos que duran apenas unos segundos, pero terminan quedándose contigo para siempre. Para Daniella Le Blanc, uno de ellos ocurrió en enero de 2019, cuando Panamá recibió a miles de jóvenes de todo el mundo para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud.

Daniella participaba también en la JMJAR y el 22 de enero, precisamente el día de su cumpleaños, recibió una noticia difícil de superar como regalo: al día siguiente tendría la oportunidad de recibir al Papa Francisco a su llegada al país.

El plan estaba claro: cuando Francisco pasara delante de ellos, intentarían entregarle una pulsera de la JMJAR. Y funcionó. Daniella consiguió acercarse, entregársela y compartir unos instantes con él.

“Para mí, ese momento fue mucho más que la emoción de conocer al Papa. Lo viví como una experiencia que fortaleció profundamente mi fe y me permitió sentir de una manera muy especial la presencia de Dios en mi vida”.

Aquella joven probablemente no podía imaginar entonces todo lo que vendría después. Porque encontrarse con el Papa fue un momento inolvidable, pero el verdadero desafío comenzaría al regresar a la vida cotidiana.

Una fe que venía creciendo

La historia de Daniella con Dios había comenzado bastante antes. Desde niña tenía claro también otro sueño: quería ser médico. La Medicina no apareció como una decisión de última hora, sino como una vocación que fue creciendo con ella.

En su camino de fe hubo una persona especialmente importante: Rubiela, su profesora de Religión durante la secundaria.

“Más que enseñarme sobre Dios, ella me inspiró a conocerlo de una manera personal y a construir una relación verdadera con Jesucristo”.

A través de su testimonio, Daniella comenzó a descubrir que creer en Jesús era mucho más que conocer cosas sobre Él. Se trataba de abrirle el corazón, confiar y permitirle entrar también en sus decisiones, sus sueños y sus preocupaciones.

Aquella semilla siguió creciendo y la JMJ de Panamá supuso un momento especialmente intenso. Allí experimentó una Iglesia joven, alegre y universal. Pero ¿cómo hacer que todo aquello no se quedara simplemente en el recuerdo de unos días increíbles?

Para Daniella, la respuesta tuvo tres letras: JAR.

JAR: cuando la JMJ se convierte en camino

“Después de aquella JMJ de Panamá y de encontrarme con el Papa Francisco, JAR fue lo que permitió que aquella experiencia no se quedara simplemente como un recuerdo bonito”.

Si la JMJ le había permitido contemplar una Iglesia formada por miles de jóvenes de todo el mundo, la comunidad le enseñó a descubrir esa misma Iglesia en lo pequeño.

“La JMJ me hizo experimentar la alegría de una Iglesia viva, joven y universal, pero fue en JAR donde aprendí que esa Iglesia también se construye en lo pequeño: en una comunidad, en una reunión, en una oración compartida, en una conversación y en el acompañamiento de otros jóvenes que, al igual que yo, están intentando seguir a Jesús”.

JAR se convirtió así en algo más que un grupo al que asistir. Para Daniella fue “un camino de fe y, sobre todo, un lugar al que pertenecer”.

La comunidad le ha enseñado también que la fe no depende únicamente de los momentos en los que uno siente a Dios muy cerca. Hay que aprender a perseverar cuando no existen las mismas emociones, seguir buscándolo cuando aparecen dudas, celebrar juntos las alegrías y sostenerse mutuamente cuando llegan las dificultades.

“Vivir mi fe en comunidad ha cambiado concretamente mi manera de relacionarme con Dios. He aprendido a buscarlo no solo cuando necesito algo, sino también para agradecerle, escucharle y dejar que transforme mi vida”.

Y con ello también ha cambiado su manera de mirar a la Iglesia.

“Quizás una de las cosas más bonitas que he descubierto es que la Iglesia es mucho más que un lugar o una institución. Es una familia. Es gente concreta que camina contigo, que reza por ti, que te escucha, que te corrige con amor, que celebra tus alegrías y que permanece a tu lado cuando las cosas no salen como esperabas”.

Jesús también entra en la facultad

Después de la JMJ llegó uno de los grandes desafíos de la vida de Daniella. Terminó el colegio y, un año después, comenzó a estudiar Medicina.

Durante seis años, Jesús estuvo también entre apuntes, exámenes, horas de estudio y días en los que las fuerzas parecían acabarse. Antes de cada examen importante, Daniella se preparaba estudiando, pero también rezando junto a su familia.

Durante ese camino hizo suya una frase atribuida a san Agustín: “Ora como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti”.

Con el tiempo aprendió que la fe no consiste en pedirle a Jesús que todo salga exactamente como uno quiere. “Más que agradecerle solamente por haber respondido mis oraciones, le agradezco por haberme acompañado en cada una de ellas”.

Y después de mucho trabajo llegó el momento que había imaginado desde niña: Daniella terminó Medicina. Además, lo hizo como primer puesto de su promoción.

“Hoy sé que ese logro no comenzó el día en que recibí la noticia. Comenzó mucho antes, en cada oración que hice con mi familia, en cada vez que puse mis preocupaciones en las manos de Jesús y en cada momento en que decidí confiar en Él aun sin saber cuál sería el resultado”.

Ahora toca curar

Daniella ya no sueña con convertirse en médico. Ahora lo es. Y quiere que aquello que ha aprendido durante estos años en su relación con Jesús y en comunidad transforme también su manera de ejercer la Medicina.

“Quiero que mi profesión sea también una forma de servirle a Él: que mis manos puedan ser instrumentos para sanar, que mis palabras puedan llevar esperanza y que nunca olvide que detrás de cada diagnóstico hay una persona que necesita ser escuchada, comprendida y acompañada”.

Han pasado siete años desde aquella JMJ de Panamá. Daniella todavía recuerda el momento en que consiguió entregar aquella pulsera de la JMJAR al Papa Francisco, pero hoy sabe que lo más importante vino después.

“La JMJ y la JMJAR me mostraron la belleza de una Iglesia joven y universal; JAR me enseñó a vivir esa Iglesia en comunidad, en lo cotidiano y en el camino”.

Y quizá esa sea la mejor manera de resumir lo que ha cambiado desde entonces. Daniella pasó de emocionarse ante una Iglesia formada por miles de jóvenes a descubrir que ella misma forma parte de esa Iglesia y que puede vivirla cada día.

Porque, como ella misma ha descubierto, “la fe no necesariamente tiene que ser callada, pequeña y personal, sino que también puede ser alegre, divertida y compartida”.

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