Farmear aura: estar ahí entre batalla y batalla

Fray Alfonso Dávila, nos comparte una mirada pastoral a la necesidad de ser vistos, dejar huella y encontrar una batalla más grande. La batalla que están luchando nuestros jóvenes en estos momentos.

Llevo varios días preguntándome qué significa realmente eso de farmear aura. En las redes sociales aparecen vídeos de jóvenes que se retan con poses, bailes, gestos aprendidos en TikTok y referencias que, lo confieso, muchas veces se me escapan. Hasta ahí podía pensar que era otra de esas modas que pasan por la pantalla y desaparecen al deslizar el dedo.

Pero el otro día, paseando cerca de casa, la pantalla se hizo plaza. En la emblemática plaza de Pablo Ruiz Picasso, a los pies de la Torre Picasso de Madrid, vi llegar grupos y grupos de jóvenes para congregarse. No me pidan una cifra exacta, porque soy malo con los números, pero eran cientos, como también recogieron los medios. De pronto aquello que llevaba días observando desde lejos estaba allí: ocupando el espacio público, haciendo ruido, riéndose y buscando ser visto.

La mayoría tendría entre catorce y veinte años. En esa franja conviven los últimos miembros de la generación Z y los primeros de la generación Alfa; las fronteras generacionales nunca son exactas. Sí comparten algo decisivo: hace seis años, durante la pandemia, atravesaron una parte importante de su infancia o adolescencia encerrados, relacionándose mediante pantallas y viendo cómo la incertidumbre entraba en sus casas. Son los jóvenes que hoy encontramos —o a veces no encontramos— en nuestros contextos parroquiales.

¿Qué significa farmear aura?

“Farmear” viene del lenguaje de los videojuegos: repetir determinadas acciones para acumular recursos, experiencia u objetos y así fortalecer al personaje. “Aura”, en esta jerga, no tiene un sentido místico. Es presencia, estilo, seguridad, ese magnetismo que hace que alguien parezca especial sin que se note demasiado el esfuerzo. Farmear aura sería, por tanto, acumular gestos capaces de aumentar el propio carisma ante los demás.

La expresión comenzó a circular en TikTok en 2024. Uno de los primeros usos documentados apareció el 28 de enero de ese año, cuando un usuario publicó un vídeo de una salida con amigos acompañado por la expresión aura farming. Después fue ganando fuerza en comunidades relacionadas con los videojuegos, el anime y los memes.

Sin embargo, la expresión encontró una imagen mundialmente reconocible al año siguiente. Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio de once años, apareció bailando con gafas oscuras en la proa de una larga embarcación durante el Pacu Jalur, una carrera tradicional de la provincia de Riau. Sus movimientos parecían espontáneos y tranquilos mientras decenas de remeros impulsaban la canoa.

Internet vio en él la definición perfecta de “aura”: seguridad sin esfuerzo aparente. El vídeo terminó convirtiéndolo en embajador turístico de Riau. La historia tiene algo hermoso: detrás del meme no había un gesto fabricado en un estudio, sino una tradición comunitaria, una tarea difícil y un niño que había aprendido por sí mismo a mantener el equilibrio.

Hay, además, algo valioso que conviene no perder de vista: estos jóvenes han salido de la pantalla. Se encuentran cara a cara, ocupan una plaza, reconocen códigos comunes, vencen por un momento el miedo al ridículo y construyen pertenencia.

Las llamadas batallas de aura trasladan el meme a la calle. Dos participantes se responden con movimientos, poses, piruetas o guiños a videojuegos y anime, y el público decide con sus gritos quién ha logrado imponerse. No hay un marcador real, aunque internet juegue a sumar y restar miles de puntos imaginarios. La regla más curiosa es también la más reveladora: si se nota demasiado que buscas tener aura, la pierdes.

Las reglas no escritas son fáciles de reconocer. Mantener la calma, improvisar con ingenio, ayudar sin presumir, mostrar habilidad sin arrogancia o conservar un estilo propio “suma aura”. Perder la compostura, copiar a otro o esforzarse visiblemente por parecer interesante la resta. Incluso las caídas y los momentos incómodos se puntúan en tono de broma.

No existe una contabilidad real; es una manera lúdica de hablar de la impresión que dejamos en otros. Pero el vocabulario importa, porque revela qué cualidades admiran y qué temen: la autenticidad, la seguridad, la mirada del grupo y, sobre todo, el miedo a dar cringe delante de todos.

Podemos mirar todo esto con superioridad y concluir que es una tontería. Sería fácil, pero también injusto. Nosotros también fuimos jóvenes y tuvimos códigos que nuestros mayores no entendían. Algunos fuimos emos, otros raperos, góticos, skaters o cualquier otra cosa que entonces parecía importantísima. La diferencia es que no llevábamos una cámara permanente en el bolsillo ni existía una red capaz de conservar para siempre cada momento ridículo.

Hay, además, algo valioso que conviene no perder de vista: estos jóvenes han salido de la pantalla. Se encuentran cara a cara, ocupan una plaza, reconocen códigos comunes, vencen por un momento el miedo al ridículo y construyen pertenencia. Los organizadores de algunas quedadas lo explican como “un símbolo de conexión entre nosotros”.

En una generación a la que tantas veces reprochamos vivir aislada, quizá deberíamos empezar celebrando que se reúna. Antes de preguntarnos qué tiene de malo, tendríamos que preguntarles qué encuentran allí que no están encontrando en otros lugares, tal vez tampoco en nuestras comunidades.

Cuando el juego se convierte en trabajo

Comprender no significa renunciar a pensar. Farmear aura refleja una tentación muy presente en nuestra época: convertir la vida entera en un tablero de puntuaciones. Byung-Chul Han ha señalado cómo incluso el ocio puede quedar atrapado por la lógica del rendimiento. Descansar, jugar, hacer deporte, viajar o mostrarnos en redes dejan de ser actividades que valen por sí mismas y se convierten en tareas para mejorar nuestra versión pública.

El filósofo C. Thi Nguyen llama “captura de valores” al proceso por el cual una métrica sencilla termina sustituyendo aquello que pretendía representar. Nuestros valores comienzan siendo ricos y sutiles; después encontramos una versión simplificada y cuantificable, y esa versión acaba ocupando su lugar.

Empezamos a caminar por salud y terminamos caminando para cerrar los anillos del reloj. Entramos en una red para comunicarnos y acabamos escribiendo para maximizar reacciones. De igual modo, podemos buscar amistad, belleza o reconocimiento y terminar persiguiendo solamente puntos de aura.

El problema no es jugar a puntuar una pose. El juego sabe que sus puntos son provisionales y puede enseñarnos creatividad, disciplina y humor. El riesgo aparece cuando olvidamos que el marcador era una metáfora.

El carisma, la amistad o la belleza son realidades complejas, abiertas y cambiantes. Si las reducimos a seguidores, aplausos o aura, corremos el riesgo de vivir para mejorar el resultado y olvidar la pregunta de fondo: ¿qué vida merece realmente ser vivida?

No es una acusación contra los jóvenes. Los adultos hacemos exactamente lo mismo cuando medimos nuestro valor por la productividad, el sueldo, los kilómetros recorridos, los libros leídos o la repercusión de una homilía. Ellos no han inventado la sociedad del rendimiento; han aprendido a hablar su idioma con una creatividad que nos resulta extraña. Si queremos acompañarlos, la primera conversión quizá sea la nuestra.

No es algo que esté en mí, sino entre nosotros

Quizá salvar lo bello, también en nuestros jóvenes, consista en abrir espacios donde no tengan que ser impecables ni interesantes todo el tiempo.

Salvar lo bello: dejar espacio al misterio

En La salvación de lo bello, Han describe la estética contemporánea como una belleza lisa: pulida, inmediatamente agradable y preparada para recibir un “me gusta”. Lo formula con una frase breve y dura: “Lo bello se agota en el ‘me gusta’”.

Es una belleza sin resistencia, que se entrega entera a la mirada. Pero lo verdaderamente bello no termina en un “wow”. Conserva una distancia, una herida, una fragilidad; no solo agrada, también nos inquieta y puede transformarnos.

Por eso Han afirma también que “la belleza transparente es un oxímoron”. Lo bello necesita un velo: algo que no se exhibe por completo, que pide tiempo, contemplación y respeto.

Aplicado al aura, esto significa que una persona no es más auténtica porque lo muestre todo. Tener interioridad supone guardar un espacio que no pertenece al público, al grupo ni al algoritmo. Un acompañante puede ayudar a proteger ese espacio sin convertirlo en un secreto vergonzoso: enseñar que no todo momento debe grabarse y que hay experiencias que crecen precisamente porque no se publican.

Aquí aparece la paradoja del aura. El carisma auténtico no se fabrica del todo. Nace en el encuentro, en la historia de una persona, en la manera de escuchar, en la vulnerabilidad que no necesita exhibirse y en el bien que se hace cuando nadie está grabando.

Hartmut Rosa diría que pertenece al terreno de la resonancia: algo nos toca, respondemos y salimos transformados, pero no podemos programarlo ni garantizarlo. “No es algo que esté en mí, sino entre nosotros”, explica Rosa. El aura que importa no sería una propiedad que poseo, sino una relación que acontece. Intentar hacer totalmente disponible esa experiencia termina por apagarla.

Quizá salvar lo bello, también en nuestros jóvenes, consista en abrir espacios donde no tengan que ser impecables ni interesantes todo el tiempo. Espacios sin puntuación, donde puedan aburrirse, equivocarse, guardar silencio, contar una herida o descubrir una pregunta. Lugares donde alguien los mire no porque hayan conquistado al público, sino porque su vida ya es valiosa.

La comunidad cristiana debería poder ofrecer precisamente eso: una mirada que no consume y una presencia que no exige espectáculo.

Acompañar entre las batallas

El cardenal Fernando Chomali ha tomado esta expresión juvenil para proponer otra dirección: “la mejor manera de farmear aura es tomarse la vida con esperanza y alegría”. Después invita a estudiar, a preparar el cuerpo y el alma y a poner las propias capacidades al servicio de los demás.

Me gusta la intuición, siempre que no se trate solo de apropiarnos de su lenguaje para soltarles un sermón. El Evangelio no necesita disfrazarse de meme; necesita hacerse compañía.

Acompañar será acercarnos a la plaza, aprender algunos nombres, preguntar qué les divierte y escuchar la respuesta. Será estar también cuando termine la batalla, cuando el vídeo no funcione, cuando llegue la vergüenza o cuando el aplauso no baste.

Los jóvenes necesitan pastores y acompañantes que permanezcan cerca como alguien permaneció cerca de nosotros cuando llevábamos flequillo emo, rapeábamos en un banco o buscábamos nuestro lugar de maneras que hoy nos hacen sonreír.

La mejor manera de farmear aura es tomarse la vida con esperanza y alegría

Cuatro movimientos para acompañar

Primero, acercarnos antes de interpretar. No hace falta dominar su diccionario ni fingir que somos uno de ellos. Basta con una curiosidad honesta: “¿Qué os gusta de esto?”, “¿cómo decidís quién gana?”, “¿qué sientes cuando te toca salir?”. Una buena pregunta reconoce que el joven es sujeto de su experiencia y no un objeto que debemos analizar.

Segundo, celebrar lo que ya está vivo. Hay juego, cuerpo, creatividad, valentía para exponerse y deseo de pertenecer. También hay riesgo de burla, presión del grupo y necesidad de aprobación, pero la corrección pastoral comienza mejor desde el bien que vemos que desde el peligro que tememos. Quien se sabe reconocido puede escuchar; quien se siente juzgado aprende a esconderse.

Tercero, ofrecer lugares sin marcador. Una sobremesa, una caminata, un grupo pequeño, un rato de oración o una tarea de servicio donde nadie tenga que impresionar. No se trata de prohibir la cámara, sino de hacer posible otra experiencia: descubrir que puedo ser recibido cuando estoy callado, cuando no sé qué decir o cuando algo me sale mal.

Y cuarto, permanecer. Muchas actividades juveniles reúnen gente durante unas horas; el acompañamiento cristiano comienza cuando se apagan los focos. Permanecer es recordar un nombre, volver a preguntar, sostener una herida y dejar tiempo para que la pregunta por Dios nazca sin forzarla. La resonancia, recuerda Rosa, solo es posible “con confianza y tiempo, y sin miedo”. Quizá esa sea una buena descripción de toda pastoral juvenil.

Una intuición agustiniana: cambiar de batalla

Hay una intuición de san Agustín que puede ayudarnos a mirar todo esto con mayor profundidad. En De vera religione, Agustín no comienza despreciando nuestros deseos, como si todo lo que buscamos estuviera equivocado desde su raíz. Se pregunta qué bien estamos buscando, incluso cuando lo buscamos mal.

Detrás del placer, de la curiosidad, del deseo de sobresalir o de la necesidad de vencer permanece una nostalgia de algo verdadero. Nuestros deseos pueden desordenarse, pero conservan una memoria de la belleza para la que fuimos creados. Por eso Agustín llega a preguntarse qué cosa no podría servirnos de recordatorio de aquella primera Hermosura que hemos abandonado.

También el deseo de aura podría ser uno de esos recordatorios. Querer ser visto, admirado, reconocido o recordado no convierte al joven en alguien superficial. Esos deseos hablan de una necesidad humana más profunda: que nuestra vida importe, que nuestra existencia deje una huella y que alguien pueda reconocer en nosotros algo valioso.

El problema aparece cuando pedimos a la mirada del público lo que esa mirada no puede darnos. El aplauso puede reconocer una actuación, pero no sostener una identidad. Un vídeo puede conservar una imagen, pero no decirnos quiénes somos. Una multitud puede gritar nuestro nombre y, sin embargo, no conocernos.

Agustín escribe: “Queremos ser invencibles, y es muy razonable”. No condena inmediatamente ese deseo. Reconoce que hay en nosotros una aspiración legítima a no quedar sometidos, a no vivir derrotados. Pero enseguida cambia el lugar del combate. Nos preocupa mucho que otro pueda vencernos y demasiado poco que nos venza nuestra propia ira, nuestra envidia, nuestro miedo o nuestra necesidad de aprobación.

La batalla decisiva, por tanto, no consiste en imponerse a otro joven. Consiste en llegar a ser libres frente a aquello que puede dominarnos desde dentro. El verdaderamente invencible no es quien consigue que nadie lo humille, sino quien no entrega su valor a aquello que otro puede darle o quitarle.

Aquí adquiere toda su fuerza la frase más conocida de este texto: “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad”.

Entrar dentro no significa encerrarse en uno mismo, recrearse en las propias emociones o construir una versión interior todavía más perfecta de nuestra imagen. Agustín añade que, al descubrirnos mudables, debemos trascendernos. La interioridad cristiana no termina en el yo. Es el camino por el que dejamos de vivir dispersos entre las miradas ajenas y nos abrimos a una Verdad que no hemos fabricado.

Tal vez esa sea la gran aportación que podemos ofrecer como acompañantes. No negar la necesidad de ser vistos, sino ayudar a que no quede cautiva de cualquier mirada. No ridiculizar el deseo de dejar huella, sino conducirlo hacia una vida que verdaderamente pueda dar fruto. No apagar las ganas de vencer, sino mostrar que hay victorias que liberan y otras que, aunque reciban miles de aplausos, terminan esclavizando.

Estar allí cuando termine la batalla

Podemos ayudarles a descubrir una batalla más grande, no contra otros jóvenes ni contra su deseo de ser vistos, sino a favor de una vida plena. Si queremos seguir el juego, podríamos decir que allí hay millones de puntos de aura; la fe lo llama vida eterna, y no se conquista como un trofeo, sino que se recibe como un don que compromete toda la libertad.

Ignacio de Loyola tuvo que aprender, después de soñar con hazañas exteriores, que el combate decisivo se libraba dentro. Agustín nos ofrece una brújula semejante: dejar de derramarnos en la mirada exterior, entrar en nosotros mismos y descubrir que la verdad de nuestra vida no depende del público. Allí no hay espectadores, no hay algoritmo y no se pueden comprar puntos.

Tal vez nuestra tarea no sea enseñarles a ganar aura, sino acompañarlos hasta que descubran que ya han sido mirados y amados. Que su valor no depende de sostener una pose. Que la huella más profunda no siempre es la que reúne más testigos, sino la que deja el servicio, la amistad, la esperanza y la entrega.

Y que, cuando pase esta moda y llegue la siguiente, puedan encontrarnos todavía allí, entre batalla y batalla.

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