A veces se me olvida que quiero ser santo

Hace unas semanas probablemente te encontraste con ellos en alguna red social. Una familia, una guitarra, un porche y todos cantando a pleno pulmón.

Son la familia Caño y el vídeo terminó convirtiéndose en uno de esos extraños fenómenos que, de repente, parecen estar en todas partes. La canción se llama “Dama y Vagabundo” y pertenece a Bromas Aparte, un grupo madrileño que la publicó originalmente en 2015 y que después grabó una nueva versión junto a Ana Mena.

Pero lo que se me quedó grabado no fue tanto la canción. Fue una frase.

“A veces se me olvida…”

Estos días, mientras participo en el Sínodo Misionero Agustino Recoleto en Río de Janeiro, esa frase ha vuelto varias veces a mi cabeza. Porque a veces se me olvida.

A veces se me olvida que soy misionero

Quizá porque he terminado asociando la palabra “misión” con determinados lugares. Lábrea. Sierra Leona. Cuba. Marajó. Casanare. Indonesia. Filipinas. Y entonces escucho al Prior General decirnos que la misión no es una geografía, sino una identidad.

“El problema no es la geografía; el problema es el fuego”.

Y recuerdo que no necesito cruzar un océano para ser misionero. Necesito arder. A veces se me olvida.

A veces se me olvida escuchar

Tengo que reconocer que durante los últimos años he leído bastante sobre sinodalidad. He trabajado metodologías de escucha. He participado en procesos pastorales. Incluso he adaptado LEGO® Serious Play® para mantener conversaciones en el Espíritu.

Pero una cosa es conocer una metodología y otra muy distinta es vivirla. Estos días estoy descubriendo algo elemental: escuchar cuesta.

Escuchar de verdad significa no preparar la respuesta mientras el otro está hablando. Significa aceptar que mi hermano puede estar viendo algo que yo no veo.

Significa dejar un espacio para que aquello que escucho me cuestione. Y, todavía más difícil, significa admitir que el Espíritu Santo puede decidir hablarme a través de alguien que piensa de manera diferente a mí. A veces se me olvida.

A veces se me olvida de dónde vengo

Mons. Alejandro Castaño nos habló de nuestros primeros misioneros. De santo Tomás de Villanueva. De san Alonso de Orozco. De san Juan de Sahagún. De san Ezequiel Moreno.

Hombres que hicieron preguntas parecidas a las nuestras en circunstancias completamente diferentes. Somos nuevos.

Tenemos nuevos lenguajes, nuevos medios, nuevos problemas. Hablamos de evangelización digital, inteligencia artificial, redes sociales, nuevas estructuras pastorales y nuevos modelos de misión.

Pero vivimos de una tradición. Otros caminaron antes que nosotros. Otros se equivocaron. Otros tuvieron miedo. Otros dejaron su tierra. Otros entregaron la vida. A veces se me olvida.

A veces se me olvida que Dios llegó antes

Una de las personas que más me ha sorprendido durante estos días ha sido fray Russell Cordero. Ha sido misionero en Sierra Leona y ahora lo es en Indonesia. En su homilía nos recordó algo que parece evidente, pero que podemos olvidar con una facilidad extraordinaria: Dios ya estaba allí antes de que llegara el misionero.

No somos mesías. No llevamos a Dios metido en una maleta para introducirlo en lugares donde todavía no había conseguido llegar. Él estaba allí. En aquella cultura. En aquellas personas. En aquella historia.

La misión comienza también quitándose las sandalias y aprendiendo a descubrirlo. A veces se me olvida.

A veces se me olvida dejar el cántaro

El primer día todavía no comenzamos a trabajar. Rezamos.

Y frente al Santísimo apareció la samaritana. La pregunta era sencilla: ¿qué cántaros necesitamos dejar? Hay cántaros evidentes. Pero hay otros que uno aprende a llevar tan bien que termina olvidando que pesan.

Mis seguridades. Mis cargos. Mis costumbres. Mis ideas. Mi manera de hacer las cosas. Mis éxitos. Mis heridas. Mis miedos. Incluso ese peligrosísimo “siempre se ha hecho así”.

Quizá caminar ligero detrás de Jesús implique dejar algunas cosas junto al pozo. A veces se me olvida.

A veces se me olvida que necesitamos a los demás

El lema de nuestro último Capítulo General fue una sola palabra: Juntos.

Durante estos años la hemos utilizado muchísimo. Pero estos días comienzo a comprender mejor lo que significa.

Juntos no significa simplemente estar todos en la misma fotografía. Ni sentarnos alrededor de la misma mesa. Ni participar en el mismo proyecto.

Caminar juntos significa descubrir que necesito al otro. Al religioso y al laico. Al joven y al anciano. Al joven JAR y al Fraterno Seglar. Al que vive en una misión y al que trabaja en una oficina. Al que piensa como yo y al que me incomoda.

Esta mañana escuchábamos a René González Regorigo. Fue religioso agustino recoleto, hoy es padre de familia y trabaja para ARCORES Brasil. Su vida continúa profundamente vinculada a esta familia y al servicio de sus misiones.

Mientras lo escuchaba pensaba que quizá durante demasiado tiempo hemos hablado de “nuestra misión” y de los laicos que “nos ayudan”.

Tal vez tengamos que cambiar los pronombres. La misión es nuestra. De todos. A veces se me olvida.

A veces se me olvida mirar al cielo

Mons. Castaño nos lo recordó en una de sus homilías:

“Tenemos que volver nuestra mirada hacia el cielo”.

Porque podemos hablar muchísimo de estructuras, proyectos, planes estratégicos, formación, economía, comunicación, pastoral y misión.

Todo es necesario. Pero podemos terminar trabajando tanto por las cosas de Dios que nos olvidemos de Dios. Podemos incluso convertir la misión en una profesión. Y entonces necesito recordar por qué empezó todo esto.

Por qué un día dije que sí. Por qué dejé determinadas cosas. Por qué sigo aquí. A veces se me olvida.

A veces se me olvida que quiero ser santo

Hace aproximadamente un año impartí un taller de LEGO® Serious Play® a unas monjas de clausura. Les pregunté por sus sueños.

Y hubo algo en sus respuestas que me desarmó. Querían ser santas. Sin más. Santas.

No querían ser las religiosas más eficientes. Ni tener la comunidad mejor organizada. Ni diseñar el mejor plan estratégico.

Querían ser santas. Estos días he pensado mucho en ellas.

Porque entre reuniones, planes, proyectos, presupuestos, calendarios, noticias, estadísticas, reuniones por Zoom, WhatsApp, correos electrónicos y urgencias, también eso se me puede olvidar.

Quiero ser santo. Y quiero que mis hermanos sean santos.

Por eso necesitaba este Sínodo

Llegamos a la mitad del Sínodo Misionero Agustino Recoleto. Todavía quedan conversaciones. Quedan iluminaciones. Quedan momentos de oración. Quedan preguntas que seguramente no resolveremos aquí.

Pero creo que comienzo a entender para qué necesitaba personalmente estos días.

Necesitaba recordar.

Recordar que soy misionero. Recordar que necesito escuchar. Recordar de dónde vengo. Recordar que Dios siempre llega antes que yo. Recordar que hay cántaros que necesito dejar. Recordar que necesito a mis hermanos. Recordar que tengo que mirar al cielo. Y recordar que quiero ser santo.

Quizá dentro de unos días vuelva la rutina, a las calles de Madrid.

Volverán los correos. Las reuniones. Los problemas. Las prisas. Los proyectos. Las noticias que hay que publicar. Y seguramente alguna de estas cosas vuelva a olvidárseme.

Por eso quiero escribirte eso ahora joven JAR. Para poder volver aquí cuando lo necesite.

Porque, sí: a veces se me olvida.

Y quizá una de las razones por las que Dios nos regala hermanos con los que caminar sea precisamente esta: para que, cuando se nos olvide, alguien camine a nuestro lado y nos lo recuerde.

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